Hace muchos años un joven se armó de valor y sacó a bailar a una joven. Después de haber bailado con ella unos minutos, la mujer le dijo que bailaba fatal. Ella le recriminó diciéndole que bailaba como un camionero.
Para mucha gente esta experiencia hubiese bastado para no volver a bailar jamás. Sin embargo, para este hombre fue un acicate que le encendió su pasión por el baile. Para él, que era esencialmente optimista, el “problema” traía su “regalo”.
El joven siguió bailando porque tenía la autoestima y motivación necesarias para continuar. Con el tiempo llegó a ser uno de los mejores bailarines a nivel mundial, le enseñaba a bailar a todo tipo de gente, incluyendo a los camioneros.
Cuando murió en marzo de 1991, más de 500 escuelas llevaban su nombre, no es otro que el célebre Arthur Murray. Llegó a ser tan bueno en su trabajo porque estaba motivado.
Ejemplo citado por Ernie Zelinski en “El placer de no trabajar”
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