Que un grupo de investigación no desee cooperar con las empresas y considere esta actividad de interés secundario puede ser lícito y comprensible pero, desde luego, está lejos de responder al óptimo social.
Es un despilfarro social que el conocimiento científico y tecnológico de la universidad y los centros públicos de investigación se quede guardado en un cajón.
Aún en los casos que no hay verdaderos incentivos externos para hacerlo (por ejemplo, porque sobre el dinero público para investigar), he conocido investigadores con la ilusión, las ganas y la sana testarudez de que un resultado de investigación se traduzca en un servicio o producto que mejore la sociedad.
Un investigador me dijo que él se preocupaba por cooperar con las empresas, y buscar salidas a su investigación, a raíz de una pregunta vital que le realizó su padre una vez: ¿para qué sirve lo que haces, hijo? La reflexión existencialista que le produjo esa pregunta está detrás de todo el esfuerzo que pone porque su investigación sea útil.
Algún otro, en la misma línea, me dijo que estaba empeñado en generar innovaciones “para que no se queden los sueños en la almohada”.
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