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Juan López Sierras: "Aprender a desempreder: El camino de vuelta"

aprender a desemprender

Al emprender es casi más importante el aprendizaje sobre sentimientos y objetivos personales que sobre habilidades profesionales. Quizás tras hacerlo nos demos cuenta que no es nuestro camino, pero nos habremos conocido mejor.

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Emprender se ha convertido en la aventura romántica del siglo XXI. Pongámonos en situación: Según el mito que entre medios, guruses varios y modestos juntaletras estamos creando, nuestro pequeño emprendor es el capitán Ahab, su proyecto el buque Pequod y el éxito (o supervivencia) su Moby Dick. Todos hablamos de lo mismo, hasta el punto de que en breve en vez del célebre “Call me Ishmael” con el que empieza la novela nos presentaremos con “Call me Enterpreneur”. Incluso riman.

Al emprender, el fracaso forma parte del proceso mucho más que el éxito

Emprender suena a aventuras, desafíos, peligros, a Steve Jobs y Google, a pasta gansa y reconocimiento social. Lo que no se suele contar es que el fracaso forma parte del proceso mucho más que el éxito. Retomando la novela (ojo que desvelo como termina), al final del libro Moby Dick hunde el Pequod y ahoga y arrastra al capitán Ahab junto con los restos del barco al fondo del mar. El célebre marinero era la enésima vez que se enfrentaba a la ballena, incluso había perdido una pierna durante uno de los encuentros, pero seguía persiguiéndola irracionalmente. Tanto que siempre volvía con las mismas armas y las mismas tácticas, sin aprender nada de los fracasos anteriores.

Expediciones románticas como esas tenían un objetivo pero si no se lograba, salvo en el caso de nuestro difunto capitán, lo importante era la experiencia. No se alcanzaba el fin a la primera sino tras varios intentos dónde se progresaba cada vez más, o sino que le cuenten a Sir Richard. Al desandar el camino dándose cuenta de lo que había fallado se sentaban las bases para que el próximo intento fuera el definitivo. O para no intentarlo más.

Por eso, como al emprender, era fundamental volver vivo.Vivo y despierto porque es en el viaje inverso donde aprendemos a desemprender. Nos enfrentamos al fracaso para sacar las conclusiones que nos hagan acometer el siguiente proyecto con más conocimientos o, como queremos destacar en este artículo, no plantearnos de nuevo volver a emprender.

Porque, ¿y qué si no quiero ser emprendedor? O mejor, ¿y qué si he emprendido, he fracasado o no, pero no me ha gustado y prefiero trabajar por cuenta ajena?Al fin y al cabo el camino del emprendedor es una vía de doble sentido que se puede andar y desandar tantas veces como queramos.

¿Y qué si prefiero trabajar por cuenta ajena?

La primera pregunta que podemos hacernos para aprender a desemprender es ¿por qué ha cerrado mi empresa? ¿Por qué no ha salido adelante o lo he abandonado? Es la primera pero no la más importante: En estos tiempos es igual que preguntar a alguien por qué le han despedido: no se puede buscar la razón en que haya hecho algo mal. Igual podemos trasladarlo al panorama emprendedor: Si la aventura ha salido mal puede ser debido a muchos motivos y no todos son culpa del que se ha arriesgado.

 

Para aprender a desemprender es necesario un ejercicio de franqueza, de escarbar en tus más íntimos pensamientos para descubrir por qué no todo ha salido como esperábamos. Podemos aprender en dos frentes, como profesional (razones objetivas) y como persona (razones subjetivas).

En el plano profesional se trata de valorar los aspectos que han fallado del proyecto y su gestión para (si como persona nos lo volvemos a plantear) intentarlo de nuevo: ¿El mercado se ha parado? ¿Mis proveedores o cliente me han fallado?¿Era una mala estrategia? ¿No he escogido bien a mis clientes?¿He subestimado el trabajo, conocimiento o habilidades que era necesario? Multitud de preguntas sobre las que ya han abundado muchos otros autores y en las que no vamos a profundizar.

Sé sincero contigo mismo, ¿cómo eres más feliz?

El plano personal en el que queremos centrar esta reflexión es el que suele pasar más desapercibido. No se trata de inventariar qué sabemos hacer ahora que antes no sabíamos, sino de percibir y reflexionar sobre cómo nos hemos sentido mientras compartíamos camarote y aventura con el Capitan Ahab. Es un ejercicio para conocernos mejor a nosotros mismos. No quiero sonar frívolo ni recordar a Punset, pero la reflexión debe conducirnos a saber cómo somos más felices: sea o no emprendiendo. El objetivo es decidir si queremos o no volver a subirnos al barco.

 

Para empezar, ¿por qué razón emprendí? De nuestro contacto con los emprendedores deducimos dos: vocación y necesidad. Los vocacionales necesitan hacerlo, tienen siempre en mente emprender sea cuál sea su situación económica. Por otro lado están los situacionales: por las circunstancias que viven deciden emprender. Puede ser porque no consiguen ningún trabajo y se lo jueguen todo a una carta; pero también porque no encuentren uno acorde con su formación, experiencia e inquietudes.

¿Era un buen momento personal para hacerlo? Lanzarte a crear tu propio proyecto exige una fuerte dedicación que necesariamente tiene que estar en continua batalla con tu vida personal. Amigos, familia, pareja: te ven menos y van a notar el cambio. Por tu parte, ¿estabas y estás preparado a renunciar a pasar más tiempo con ellos?¿Les contaste lo que debían esperar? Y aunque andabas en mil batallas, ¿sacaste tiempo para ellos? Más que cantidad quality-time, momentos sólo para ellos.Y por la suya, aún sabiendo en qué estabas metido, ¿te han exigido más de lo que podías dar? ¿Han tensado la cuerda tanto que te han hecho abandonar o no concentrarte lo suficiente en el proyecto?

¿Cómo te has sentido en cada momento? Emprender se describe como una aventura, un desafío lleno de experiencias de dónde sólo pueden salir cosas buenas. Mentira. En mi caso, el trabajo en ocasiones te desborda, el ánimo fluctúa y todo va mucho más lento de lo que esperas. Como si de una pareja se tratara, la pasión, el deseo y el empuje del principio se van transformando en amor, ilusión y cariño por tu proyecto. De repente el sexo ya no está en el centro. Ahora lo ocupan los detalles, cuidar la relación día a día de forma constante, tomar decisiones y saber resolver los problemas.

El fracaso te acecha bajo la forma del mercado, pero también de la desidia, el aburrimiento o el autoengaño. Sentimientos negativos que socavan nuestra iniciativa, condenando el proyecto más allá de cualquier razón objetiva. ¿Nos ha pasado? ¿Los buenos momentos han superado a los malos? En calidad, no en cantidad. Cómo decía Luis Carrière, uno de los entrevistados para un estudio sobre Economía de la Hibridación que estamos desarrollando, “cuando tu producto llega al mercado y crece, y alcanzas el éxito; te olvidas de todo lo que has pasado”. A ti, ¿te ha compensado?

¿Has descubierto el nivel de riesgo y miedo qué eres capaz de soportar

La pregunta más importante a responder es: ¿Qué tal nos hemos enfrentado al riesgo?¿He sentido miedo? ¿Cuándo? El miedo está muy relacionado con el riesgo y surge ante una situación nueva frente a la que no nos preparamos. Puede ser miedo al fracaso, a equivocarnos, a perder dinero o cliente, miedo a lo que nos puedan criticar o preguntar o a no decir lo que pensamos. En ciertas dosis es perfectamente normal, incluso recomendable porque nos mantiene alerta, pero no podemos dejar que nos atenace o deprima. Una vez asumido que lo hemos sentido e identificado las situaciones que lo provocan, hay que preguntarse ¿lo hemos superado? ¿Es mayor de lo que estoy dispuesto a soportar? ¿Me afecta personalmente?

 

¿Ha sido falta de dedicación? ¿De iniciativa? Si la anterior era la más importante, esta es la más difícil: ¿Hemos condenado nosotros mismos a nuestra empresa? ¿Hemos dejado que la desidia se haga un hueco en la mesa? ¿No hemos peleado lo suficiente? Quizás, al terminar la época de pasión desenfrenada nos hemos aburrido, hemos dejado de creer en el proyecto o realmente las dificultades, miedos y decisiones nos han superado. Quizás creíamos que ser emprendedor era nuestro camino, pero realmente estábamos equivocados o no era este nuestro momento.

En suma, aprender a desemprender es reflexionar sobre lo que hemos aprendido en el camino para la próxima vez “fracasar mejor”, pero también plantearnos si queremos o no volver  a intentarlo. Quizás nos convienen más otras formas de emprender con un poco de menos riesgo como intraemprender (tener un comportamiento emprendedor dentro de una organización) o emprender proyectos sociales fuera de nuestra jornada laboral. O, ¿por qué no?, tomarnos un descanso y dedicar tiempo a nosotros y los nuestros.

Al fin y al cabo las aventuras románticas están sobrevaloradas: hay muchos capitanes Ahab, muchos Pequods e incluso un montón de Moby Dick esperando a ser cazadas, pero, oye, igual por un tiempo no te apetece andar con el arpón en la mano.

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[Imagen de Photo Extremist en flickr]

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