Inteligencia colectiva para innovar

Julen Iturbe-Ormaetxe: "Cuando despacio es rápido y menos es más".

tiempo

Las cifras dan la razón al mercado del alma. Crece en la medida en que la insatisfacción con nuestra experiencia vital también lo hace. Nuestra pirámide de la motivación, esa que Maslow nos propuso como modelo lógico y secuencial, está reventada.

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Parecería que vivimos en un mundo donde si no aceleras no eres una organización competitiva y adaptada a los tiempos. El mensaje de la velocidad y el cambio permanente es de esos que se utiliza de forma recurrente en las escuelas de negocios.

Hay que moverse rápido, hay que innovar de forma constante en ciclos de vida cada vez más cortos de productos y servicios. Todos los sectores sin excepción sufren esta enfermedad: renueva tu portafolio de producto rápido o parecerá que no eres una empresa dinámica.

En realidad sí que es cierto que el tiempo se ha comprimido. La obsesión por ocuparlo y aprovecharlo es consustancial a la evolución de nuestras sociedades del primer mundo. “Perder el tiempo” es un lujo que una persona concienciada con la eficiencia y la productividad no puede permitirse. Sería vista con malos ojos por quienes la rodean. No, el tiempo está para aprovecharlo hasta en su última gota.

Así que si la esperanza de vida en el sur de Europa es de las más altas del mundo, no por ello escapamos de querer hacer cuantas más cosas mejor en ese tiempo de que disponemos. Por tanto, aunque el tiempo sea más, como quiera que el número de actividades por unidad de tiempo crece, la conclusión es que “no nos llega el tiempo”.

Da igual que hablemos de automoción, donde las nuevas gamas y los restylings son obligación del fabricante cada poco tiempo para dar la impresión de que hay evolución real del producto, del diseño y fabricación de bicicletas o de máquinas de afeitar. Todo está afectado del mismo virus. El lanzamiento de una nueva gama es motivo de celebración. Se rodea de una potente campaña de marketing y con toda la artillería mediática se lanza al mercado para conquistar los corazones de los consumidores.

Claro que frente a este estándar aparecen movimientos contrarios que buscan la alternativa allá donde más parece haberse perdido el sentido y el placer de la vida.

Porque el más y más, el consumo como motor de la economía, la innovación continua pueden esquilmar el planeta que habitamos. De ahí que movimientos como el decrecimiento, las tendencias slow o la idea global de sostenibilidad emerjan como paradigmas alternativos que ofrecen otra manera de encarar el progreso.

En realidad hay un punto de conexión con las políticas tradicionales de competitividad de las empresas. “Hacer más con menos” es un mantra que cualquiera que haya estudiado técnicas de gestión habrá escuchado. La gestión de recursos escasos es una línea que quiere hurgar en las posibilidades de utilizar la menor cantidad de inputs optimizando los procesos para reducir gastos y conseguir mayores beneficios. Siempre se ha presentado como un reto a la inteligencia empresarial: es una obligación producir con unos costes cuanto más contenidos mejor.

El decrecimiento y la paradoja de la elección

El decrecimiento es un movimiento muy interesante por cuanto plantea todo un conjunto de vías alternativas de progreso social que chocan contra las prácticas habituales de la mayor parte de las empresas.

Frente a la idea del crecimiento como elemento consustancial a la empresa, el decrecimiento ofrece la alternativa de vivir mejor con menos.

Entra por tanto a competir en el terreno de la experiencia del cliente/usuario. ¿Se debe asumir que la persona de la sociedad contemporánea en el primer mundo tiene mejores experiencias de uso y consumo cuanta mayor es la cantidad de oferta y cuanto más rápido se le ofrece?

Barry Schwartz ya publicó en su día un libro convertido en best-seller: The Paradox of Choice: Why Less is More. En él argumentaba que como usuario sufrimos ante un exceso de oferta. No siempre más opciones para elegir conducen a una experiencia mejor. Llega un momento en el que traspasado cierto umbral, la experiencia se vuelve negativa y tomamos peores decisiones llegando a fracasar en la elección. ¿Por qué? Schwartz desgrana varios argumentos pero dos de ellos me parecen especialmente poderosos:

1. Siempre nos vamos a quedar con la idea de que podríamos haber elegido algo mejor.Como quiera que la oferta es tan amplia es lógico pensar que hemos elegido mal, que deberíamos hacer dedicado más tiempo a buscar alguna otra opción.

2. Puede conducir a la parálisis.El dicho de “a la parálisis por al análisis” puede hacerse realidad cuando hay tantas opciones frente a quienes tenemos que elegir. Se genera ansiedad en el proceso de decidir porque deberíamos evaluar gran cantidad de información, pero presionados por el tiempo, sabiendo que tenemos que decidir deprisa, sufrimos ansiedad. No nos sentimos a gusto, sentimos stress y podemos caer en ciertas patologías.

El decrecimiento plantea un reto muy interesante para las empresas. Si una parte de la sociedad toma más y más conciencia de que no se puede crecer por crecer, ¿cómo deben comportarse las empresas para ofrecer una gama de servicios y productos competitivos ante esa sensación?

Puede que debamos admitir que emerge un nuevo mercado sensible por esta otra forma de consumir y de acceder a productos y servicios.

Es bien conocido el ejemplo de aquel pueblo, Miravete de la Sierra, que se ofrecía como destino turístico porque era un lugar donde nunca pasaba nada.

Relax, tranquilidad, sosiego o paz son también motores que captan la atención de muchas personas.

El mercado del alma

De hecho cabría considerar que el mercado del alma –una expresión con la que agrupar toda la oferta de servicios dirigidos al bienestar global de la persona– es un nicho que ha explotado en los últimos quince o veinte años. Agrupamos en este sector tanto a los servicios que se dirigen el cuidado del cuerpo (wellness, estética, gimnasios) como a los que buscan el cuidado de nuestra emocionalidad (coaching en las empresas, terapias alternativas, libros de autoayuda). Este mercado que ofrece una inmensa cantidad de opciones encara en cierta forma la necesidad de la persona de rebajar el nivel de stress con el que convivimos como consecuencia de la aceleración del mundo.

Claro que ¡es curiosa la contradicción en que caemos por el constante lanzamiento de productos a este mercado del alma! Hablamos de relajación pero la oferta continúa creciendo.

Es la misma dinámica pero aplicada a un nicho slow. Las empresas compiten por capturar nuestra atención y utilizan las mismas técnicas mediáticas que el resto. Quieren estar presentes en nuestras vidas y buscan de forma activa convertirnos en clientes. Nos ayudan a darnos cuenta de que en realidad no estamos tan bien y de que necesitamos ese tipo de servicios. Primero tienen que conseguir que percibamos nuestro malestar para luego poner en marcha toda la retahíla de soluciones que han diseñado en exclusiva para esta ciudadanía estresada del siglo XXI.

En la carrera por llegar a satisfacer las necesidades referidas al desarrollo de la persona que somos no cabe otra opción que trabajar una oferta personalizada al máximo. Se trata de que nos sintamos como personas únicas y para ello debemos recibir una atención única, exclusiva y diferente de la del resto de mortales. Otro reto clásico para las empresas que viven volcadas hacia sus clientes: conseguir una fidelización que tiene que ver con sentirse tratados de forma única. Surgen las opciones, el menú a la carta, una customización máxima del producto o servicio que obliga a flexibilizar al máximo toda la empresa. Desde quienes facturan hasta quienes diseñan y “producen” el servicio.

El mercado del alma conduce a olvidar costes como manera de establecer precios de mercado. Lo que importa es la intensidad con la que el cliente vive el servicio que se le ofrece, la experiencia que es capaz de disfrutar. Ahí el precio se vincula con una percepción íntima y única. Ahí el precio puede jugar en otra escala. El trato exclusivo y particular siempre ha tenido su precio. Existe ya un imaginario colectivo donde se acepta que por ese tipo de servicios se paga. Lo que haga falta. Porque la exclusividad siempre se paga.

Explotar la paradoja

Puede que la conclusión a la que nos vemos abocados sea la de que las empresas competitivas del siglo XXI debieran explotar las paradojas. Charles Handy ya nos lo propuso como característica de la era en que vivimos.

¿Deben las empresas asumir una innovación constante y un lanzamiento vertiginoso de productos y servicios al mercado?

Puede que sí y puede que no. Puede que deban frenar para provocar una sensación de seguridad a sus clientes a fin de recuperar una mejor experiencia vital.

El mercado del alma trabaja con las emociones y sentimientos de las personas. Entra de lleno en la bioeconomía y juega en un territorio complejo pero donde las recompensas que se prometen son muy altas y donde los márgenes con que se opera parecen merecer la pena.

Las neuronas de quienes diseñan servicios dirigidos a las personas no pueden estar paradas un solo momento. Pero deben dirigir su acción hacia estilos de vida que surgen en la vorágine de un mundo acelerado. Y ahí emergen pautas de comportamiento colectivo que abren las puertas a otra forma de gestionar nuestras empresas y de ofrecer esos servicios.

Las reglas son confusas porque ese mercado se está reconfigurando constantemente. Es un mercado sujeto a frustraciones colectivas y a nuevos imaginarios. Un mercado donde se juega en la intimidad de las experiencias individuales de uso y consumo. Ahí se evidencian contradicciones como reflejo de lo poliédrico de nuestra sociedad. Se pueden encarar servicios para el decrecimiento y la tranquilidad. Pero puede que haya que desarrollar un altísimo nivel de oferta para encontrar cuáles son esos servicios que aciertan a responder adecuadamente a la necesidad de rebajar la velocidad a la que nos movemos.

La confusión de los tiempos modernos, con una crisis sistémica muy difícil de comprender en su globalidad, plantea, como siempre, oportunidades y amenazas.

Los nuevos patrones de comportamiento sugieren que se está abriendo un mercado para otro tipo de servicios que se caracterizarían no tanto por su perfección de diseño sino por la capacidad de acceder a la intimidad de la persona que somos. Conseguir hacernos sentir que la experiencia merece la pena cuando interactuamos con un producto o servicio es la llave de la competitividad.

Pero todo esto nos presenta un panorama confuso, donde autenticidad y palabrería conviven en la misma balda de la librería: la zona de autoayuda entremezcla sesudos análisis con venta de humo. Distinguir es muy complicado porque la oferta ha explotado. Eso sí, las cifras dan la razón al mercado del alma. Crece en la medida en que la insatisfacción con nuestra experiencia vital también lo hace. Nuestra pirámide de la motivación, esa que Maslow nos propuso como modelo lógico y secuencial, está reventada. Y sí, eso se puede encarar como una oportunidad para muchas empresas.

Pero el juego es complicado y el suelo se mueve bajo nuestros pies. Las arenas movedizas nos obligan a buscar un rescate reparador.

 Puedes descargar "Cuando despacio es rápido y menos es más" aquí.

 

Sobre el autor: JULEN ITURBE-ORMAETXE

Consultor independiente, creador del proyecto Consultoría Artesana en Red. También es docente e investigador en Enpresagintza, Facultad de Empresariales de Mondragón Unibertsitatea y en MIK desde 2003 hasta la fecha. Destaca en particular por su línea de investigación sobre Empresa Abierta, y su actividad como bloguero que es ampliamente reconocida tanto en el ámbito de la gestión empresarial como en otros espacios de consultoría y reflexión sobre nuevas formas de innovar. Julen Iturbe ha publicado mucho sobre modelos de colaboración, transparencia y otras lógicas de gestión que implican una apertura de las organizaciones. Es un buen colaborador, y un referente para el equipo de eMOTools. Su cuenta en Twitter: @juleniturbe

 

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