Inteligencia colectiva para innovar
Ines Skotnicka: "Colaboración genuina"
Me pregunto si, a la hora de innovar, la colaboración y la generosidad son compatibles con la cultura de empresa. Puede ser que algún día consigamos conocernos mejor, para darnos cuenta que colaborando ganamos todos.
View Comments¿Se innova solo “para forrarse”, o para vencer a un rival? ¿Se colabora solo como estrategia para quedarse con más pastel o para “disuadir al enemigo”? Me pregunto si las empresas están realmente preparadas para superar el estigma bélico de la hiper-competitividad, y mi respuesta es obviamente no.
La consigna básica que nos han inculcado es que tenemos que ser los mejores, los más listos, porque unos ganan y otros pierden, porque unos pasan el control de calidad, y otros no. Con estas reglas, hablar de “ser generosos” suena bastante ingenuo. Defender un modelo basado en la colaboración parece cosa de débiles, y no es sexi en el mundillo empresarial, aunque delante de las cámaras se practique la retórica del “win-win” y del “bien común”.
Cuando diga que los recursos son finitos, desde luego no voy a descubrir nada nuevo. Pero, ¿cómo comprender (lo incomprensible hasta para un niño de guardería) que mientras que los recursos: naturales, económicos, hasta el tiempo, son limitados, se dan casos en todos puntos del globo y en todos los ámbitos de la vida, de desperdiciar de un modo vergonzoso a los alimentos, la energía, los productos energéticos, las capacidades, etc.? ¿Como la especie, los humanos somos autodestructivos, o simplemente la rivalidad y envidia nos ciegan hasta el punto de estupidez?
Sin embargo, quiero hacer una lectura más positiva, porque algo está cambiando. Muy despacio, pero se notan síntomas. El concepto decolaboración genuina se está colando por la puerta trasera en varios ámbitos de la vida, incluyendo también en el feroz mundo de los negocios.
En 2008, Clay Shirky en el libro “Here Comes Everybody” planteaba que el crecimiento de internet abría la posibilidad de un gigantesco esfuerzo de solidaridad y colaboración desinteresada. Dos años después, en el “Excedente cognitivo”, va aún más lejos y defiende la tesis de que “el ser humano es ante todo altruista y está en su naturaleza ayudar a los demás.”
La conectividad derivada de las nuevas tecnologías tiene el potencial de transformar a los seres humanos porque facilita el acceso a la información y al conocimiento a escala global, despierta la curiosidad, crea unas posibilidades enormes para relacionarnos en comunidad y mejora la calidad de la colaboración.
Esa mayor conectividad puede permitir que el nuevo tiempo libre disponible se aproveche como activo social para participar en grandes (y pequeños) proyectos comunitarios que tengan una fuerte naturaleza transformadora.
Pero para que ese “excedente cognitivo” se canalice hacia proyectos innovadores que mejoren a la sociedad, no basta con tener buenas herramientas, sino que se necesita cambiar la actitud, y abrirse a estas nuevas posibilidades. Donde mejor se comprende la generosidad como actitud es en las comunidades Open Source, donde la filosofía de colaborar y participar está en el ADN de las lógicas de interacción. La gente que se mueve por estos territorios no lo hace con la ambición de convertirse en un nuevo Microsoft o SAP.
Solo para inspirarnos, voy a citar algunos ejemplos de iniciativas que apuestan por una colaboración genuina que se basa en un Ethos de generosidad:
- Liberar al público los desarrollos de la Fundación Linux.
- Milken Institute, organismo de investigación económica que publica informes y artículos sobre los mercados (llegando a ser como una agencia de rating)
- Compartir generosamente los trucos de grandes chefs en Basque Culinary Center
- Proyecto Motitbcn, innovación colaborativa desarrollado por la industria catalana
- The Johnny Cash Project, iniciativa de Aaron Koblin para cambiar las discográficas en base al arte digital colaborativo
Estos ejemplos, entre muchos más, irán influyendo (aunque tímidamente todavía) en el futuro de las relaciones laborales y empresariales. En el reciente libro “La Tercera Revolución Industrial” de Jeremy Rifikin, se aventura un escenario de conversión de la última era industrial en la primera fase de la era colaborativa emergente. El autor lo explica así:
“Si la era industrial puso de relieve los valores de la disciplina y el trabajo duro (amén del flujo vertical descendente de la autoridad del mercado, la importancia del capital financiero, el funcionamiento del mercado competitivo y relaciones basadas en la propiedad privada) la era colaborativa guarda más relación con el juego creativo, la interactividad entre iguales, el capital social, la participación en espacios abiertos en régimen de dominio público y el acceso a las redes globales”.
Esta evolución, como augura Rifikin, llevará a las personas (y con ellas a las empresas) a redefinir los paradigmas de oferta y demanda, las leyes del mercado, la concepción del trabajo y los procesos de innovación.
Al hilo de esta reflexión, me estoy preguntando cada vez más qué significa “innovar” o “transformar”, y en qué medida la colaboración y la generosidad son compatibles con la cultura de empresa.
Vivimos en un mundo donde tiburones y delfines se disputan el mérito de la verdad última. Los primeros aseguran que la competencia (mientras más feroz, mejor) es el motor del progreso y la palanca que mejor activa la naturaleza egoísta del hombre. Los segundos creen que es un error reducir la esencia humana a eso, y que se confunde lo que somos con los que el sistema ha hecho de nosotros.
Puede ser que algún día consigamos conocernos mejor, para darnos cuenta que colaborando ganamos todos.


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